En tiempos donde la política suele estar marcada por la mediocridad, la improvisación o, peor aún, por la corrupción, resulta incómodo —para muchos— ver a un líder que rompe el molde. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy con el alcalde de la ciudad de Panamá, Mayer Mizrachi.
En los últimos días, han surgido críticas dirigidas hacia su gestión, centradas principalmente en la contratación de asesores con salarios de $6,000 mensuales, varios de ellos personas de su círculo de confianza previo a asumir la Alcaldía. Pero más allá del titular fácil y del ataque superficial, vale la pena hacer un análisis serio, profundo y, sobre todo, justo.
La hipocresía de siempre
Panamá ha sido testigo, por décadas, de administraciones municipales plagadas de botellas, planillas infladas con personas sin funciones claras, y estructuras clientelistas donde el mérito era lo de menos. Sin embargo, hoy que un alcalde decide rodearse de personas de su confianza —y más importante aún, con capacidad probada— se pretende instalar una narrativa de escándalo.
¿Desde cuándo la confianza es un delito?
En cualquier organización seria, ya sea pública o privada, los líderes construyen equipos con personas en quienes creen, que comparten visión y que tienen la capacidad de ejecutar. Pretender que un alcalde gobierne con desconocidos, solo para cumplir con una falsa expectativa de “distancia”, es no entender cómo funciona el liderazgo real.
La diferencia está en los resultados
La verdadera pregunta no es cuánto gana un asesor. La pregunta es: ¿qué resultados está entregando esta administración?
Y ahí es donde la discusión cambia completamente.
Mayer Mizrachi ha demostrado, en poco tiempo, una forma distinta de gobernar: más ágil, más moderna, más conectada con la realidad de la gente. Ha llevado a la Alcaldía hacia una lógica de eficiencia, comunicación directa y toma de decisiones basada en ejecución, no en burocracia.
En la era postinvasión, donde Panamá ha visto pasar alcaldes con discursos prometedores pero resultados mediocres, hoy tenemos a uno que incomoda precisamente porque hace.
El precio de hacer las cosas bien
Siempre que alguien rompe el status quo, aparecen los ataques. No es nuevo. Es la reacción natural de quienes se sienten desplazados o de quienes prefieren que nada cambie.
Criticar salarios sin analizar impacto es populismo. Es una forma fácil de conectar con el descontento ciudadano, pero profundamente irresponsable cuando no se pone en contexto.
Un asesor que genera valor, que ahorra millones en ineficiencias o que ejecuta proyectos que antes dormían en gavetas, no es un gasto: es una inversión.
Lealtad no es corrupción
Hay una línea clara que debe entenderse: lealtad no es sinónimo de corrupción.
La corrupción implica beneficio indebido, abuso de poder y falta de resultados para la ciudadanía. La lealtad, en cambio, es un componente esencial de cualquier equipo de alto rendimiento. Es lo que permite ejecutar con velocidad, tomar decisiones complejas y sostener una visión en medio de la presión.
Quienes hoy critican que el alcalde confíe en personas cercanas, olvidan que los peores escándalos de este país no vinieron precisamente de equipos “desconocidos”, sino de estructuras armadas bajo la apariencia de institucionalidad.
Un alcalde que incomoda porque no negocia con lo viejo
Mayer Mizrachi representa algo que en Panamá pocas veces se ha visto: una ruptura real con la vieja política municipal.
Y eso tiene un costo.
Tiene el costo de los ataques, de las campañas de desprestigio y de los intentos por deslegitimar su gestión desde el primer día. Pero también tiene un valor: el respaldo de una ciudadanía que empieza a reconocer cuando alguien está haciendo las cosas diferente.
La ciudad que viene
Panamá no necesita más de lo mismo. No necesita alcaldes complacientes, ni administraciones diseñadas para sobrevivir políticamente.
Necesita liderazgo. Necesita visión. Necesita ejecución.
Y guste o no a sus detractores, hoy la ciudad de Panamá tiene un alcalde que está dispuesto a asumir ese rol.
El debate sobre salarios es válido, pero debe darse con altura, con datos y con contexto. Lo que no es válido es convertir la crítica en un arma política vacía, ignorando los avances y desvirtuando una gestión que, hasta ahora, ha demostrado ser una de las más dinámas, honestas y efectivas de la era postinvasión.
Porque al final del día, la historia no recordará cuánto ganaban los asesores.
Recordará quién tuvo el coraje de cambiar las cosas.
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