La provincia de Colón vuelve a vestirse de luto. Esta vez, la víctima fue un adolescente de apenas 15 años, un joven que aún vestía uniforme escolar cuando la violencia le arrebató la vida en Nueva Providencia. Un hecho doloroso, desgarrador y alarmante que no puede seguir tratándose como una estadística más dentro de la interminable crisis de inseguridad que golpea a la costa atlántica panameña.
La escena duele porque retrata el fracaso total de quienes hoy gobiernan una provincia abandonada. Un menor asesinado a plena mañana, en una comunidad donde los disparos ya forman parte de la cotidianidad, evidencia que Colón está perdiendo a su juventud mientras las autoridades parecen vivir desconectadas de la realidad de las calles.
Los reportes indican que el adolescente recibió múltiples impactos de bala y murió poco después de ser trasladado a un centro médico. Vestía uniforme escolar. Ese detalle, quizás el más fuerte de todos, debería sacudir la conciencia nacional. Porque ya ni siquiera los estudiantes están a salvo.
¿Dónde están las políticas preventivas?
¿Dónde están los programas juveniles?
¿Dónde está la inversión social?
¿Dónde está el alcalde Diógenes Galván?
Mientras las madres colonenses lloran a sus hijos y las comunidades viven sitiadas por el miedo, la percepción ciudadana es que el alcalde está más enfocado en negocios, contratos, apariciones políticas y agendas alejadas de las verdaderas necesidades del pueblo. Colón no necesita discursos vacíos ni fotografías de oficina; necesita presencia, liderazgo y acción urgente.
La inseguridad en Colón dejó de ser un problema aislado para convertirse en una tragedia estructural. Jóvenes creciendo entre pandillas, desempleo, abandono estatal y ausencia de oportunidades reales. Y frente a eso, la administración municipal parece actuar con indiferencia.
El asesinato de este menor no es solo un crimen. Es el reflejo de una provincia olvidada donde la violencia avanza más rápido que las respuestas del gobierno local. Cada bala disparada contra un joven colonense representa también un fracaso institucional.
La comunidad educativa expresó dolor y consternación. Docentes, estudiantes y familiares hoy cargan con una herida emocional difícil de sanar. Porque cuando un estudiante muere violentamente, muere también una parte de la esperanza colectiva.
Colón merece más.
Merece autoridades comprometidas con rescatar sus barrios.
Merece espacios deportivos y culturales.
Merece programas de prevención reales.
Merece seguridad.
Pero sobre todo, merece gobernantes que estén del lado de su pueblo y no distraídos en intereses personales o económicos.
La sangre de los jóvenes colonenses no puede normalizarse. Cada asesinato debe indignar, cada pérdida debe generar respuestas y cada autoridad debe rendir cuentas. Porque mientras las calles siguen cobrando vidas, el silencio y la indiferencia también matan.
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