Cuba: La diferencia entre pobreza y empobrecimiento

Cuba no es un país pobre, es un país empobrecido

Por Aldo López Tirone

Llamemos las cosas por su nombre.

Cuba no es un país pobre. Cuba es un país empobrecido.

Existe una diferencia enorme entre ambas definiciones. Un país pobre es aquel que carece de recursos naturales, ubicación estratégica o capacidad humana para desarrollarse. Cuba no encaja en ninguna de esas categorías. Cuba es una isla privilegiada, rodeada por el mar Caribe, con tierras fértiles, una ubicación geográfica extraordinaria y una población educada y talentosa.

Sin embargo, después de más de seis décadas de revolución, millones de cubanos siguen viviendo entre la escasez, la dependencia y la desesperanza.

¿Cómo puede una isla rodeada de peces tener a sus habitantes con dificultades para alimentarse?

¿Cómo puede una nación con extensas tierras agrícolas depender de importaciones para abastecer a su población?

¿Cómo puede un país que presume de tener miles de universitarios, médicos, ingenieros y científicos no haber logrado construir una economía capaz de ofrecer prosperidad a sus ciudadanos?

La respuesta es sencilla: porque la pobreza no es consecuencia de la falta de recursos, sino del fracaso de un modelo político y económico que ha destruido los incentivos para producir, innovar y progresar.

Durante décadas, los dirigentes cubanos han hablado en nombre de los pobres mientras viven como una élite privilegiada. Criticaron las aristocracias y terminaron convirtiéndose en una versión tropical de ellas. Hablaron de igualdad mientras construían una clase gobernante con privilegios reservados para unos pocos.

El discurso revolucionario prometió dignidad, pero entregó dependencia.

Prometió libertad, pero construyó control.

Prometió prosperidad, pero repartió pobreza.

Uno de los mayores símbolos del fracaso del modelo cubano es una realidad que nadie puede ocultar: un familiar que lava platos en Miami muchas veces termina enviando dinero a un científico, un médico o un profesor universitario en La Habana.

Ese simple hecho resume décadas de políticas equivocadas.

El éxito de una nación no puede medirse por los discursos de sus gobernantes, sino por la calidad de vida de su gente. Y cuando los profesionales mejor preparados dependen de las remesas enviadas por quienes emigraron buscando oportunidades, queda claro que algo está profundamente roto.

Mientras tanto, el régimen continúa sosteniendo una estructura burocrática gigantesca y un aparato militar que consume recursos en una nación donde no existe ninguna guerra en el horizonte. Los recursos que deberían destinarse a producir riqueza, generar empleo y mejorar la calidad de vida terminan atrapados en un sistema diseñado para preservar el poder antes que para servir al pueblo.

La verdadera riqueza de Cuba nunca ha sido el gobierno.

La verdadera riqueza de Cuba es su gente.

Es el cubano trabajador, creativo, resiliente y emprendedor que ha demostrado en cualquier rincón del mundo que puede triunfar cuando se le permite ser libre.

Por eso sostengo que Cuba no es un país pobre.

Es un país empobrecido.

Empobrecido por un sistema que convirtió la dependencia en política pública y el miedo en herramienta de control social.

Yo solo espero que, después de haberle quitado tanto al pueblo cubano, algún día también le quiten el miedo. Porque el día que desaparezca el miedo, terminará esta forma de esclavitud moderna que un gobierno de burócratas seudo socialistas ha impuesto durante décadas a un noble pueblo que merece libertad, prosperidad y futuro.

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