El poder absoluto es una ilusión óptica, y en la Venezuela actual, esa ilusión se está desmoronando a vista de todos. La reciente viralización de un video que junta en la misma mesa a Nicolás Maduro, Cilia Flores, Delcy Rodríguez y Alex Saab no es solo un viaje al pasado reciente; es una radiografía brutal de la decadencia y la desconfianza que hoy devoran las entrañas del palacio de Miraflores.
La ironía de las imágenes es casi novelesca, pero la realidad es crudamente política. De los cuatro personajes que compartían risas y decisiones de Estado en esa reunión oficial, tres están hoy bajo arresto. El contraste es demoledor: lo que ayer se vendía como un frente unido e inquebrantable de poder político y financiero, hoy se presenta ante la opinión pública como un sálvese quien pueda donde las lealtades se vencen con asombrosa rapidez.
De la impunidad al banquillo
El destino de Alex Saab, extraditado y procesado en Estados Unidos, ya era un golpe al orgullo del régimen. Sin embargo, ver que el círculo se cierra sobre figuras que alguna vez se creyeron intocables dentro de la propia cúpula chavista expone algo mucho más profundo: fracturas internas irreconciliables.
Lo que las redes sociales y la ciudadanía analizan con asombro no es un simple cambio de gabinete; es la confirmación de que el chavismo ha entrado en una fase de canibalismo político para sobrevivir.
El último eslabón
En medio de este colapso de lealtades, las miradas se posan inevitablemente sobre Delcy Rodríguez. Ella queda en ese video como la única figura que, al menos por ahora, conserva la libertad y el cargo. La pregunta que recorre los pasillos del poder y las conversaciones digitales es obvia: ¿Es Delcy la última sobreviviente de una era, o simplemente la siguiente en una lista de purgas que parece no tener fin?
Este video no se volvió viral por nostalgia. Se volvió viral porque funciona como un espejo del destino que le espera a una estructura que basó su permanencia en el control absoluto y que hoy, acorralada por sus propias dinámicas, empieza a devorarse a sí misma. La cúpula ya no es monolítica; está agrietada, y la historia demuestra que, cuando las grietas empiezan a verse en público, el colapso suele ser irreversible.
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