Por Aldo López Tirone
Hay nombramientos que se explican leyendo una hoja de vida. Otros se entienden observando el momento político. Y existen algunos que solo pueden comprenderse cuando se juntan trayectoria, confianza, experiencia y lealtad.
El nombramiento de Ventura Vega Osorio como ministro de Educación pertenece, a mi juicio, a esta última categoría.
El presidente José Raúl Mulino no escogió simplemente a un nuevo funcionario para ocupar una silla vacante. Escogió a un hombre de su confianza, a alguien con quien mantiene una relación política y profesional construida durante años, desde aquellos tiempos en que ambos coincidieron en el Ministerio de Seguridad y Vega ejerció responsabilidades administrativas y llegó a desempeñarse como viceministro encargado. Posteriormente fue asesor presidencial y participó en tareas de coordinación política para el Ejecutivo.
Prefiero hablar de lealtad porque en política esa palabra tiene un peso enorme.
La amistad personal pertenece, naturalmente, a la esfera privada de los hombres. Pero públicamente resulta evidente que entre Mulino y Ventura Vega existe algo más que una relación circunstancial entre presidente y funcionario: hay años de trabajo compartido, confianza política y responsabilidades delicadas entregadas a Vega en diferentes momentos.
Y Mulino lo manda ahora quizá a una de las misiones más difíciles de su gobierno.
Ventura Vega llega a un MEDUCA golpeado por cuestionamientos, investigaciones y una crisis de credibilidad alrededor de las compras tecnológicas. La Contraloría anunció una auditoría sobre el procedimiento de adquisición de computadoras para docentes y el Ministerio Público abrió una investigación preliminar. Es importante decirlo con responsabilidad: hasta este momento esas investigaciones no establecen culpabilidades individuales.
Pero políticamente el problema existe.
Cuando una institución comienza a generar dudas, titulares, auditorías e investigaciones, el desafío deja de ser solamente administrativo.
Se convierte también en un problema de confianza pública.
Y es allí donde comienzo a entender la decisión de Mulino.
El Presidente necesitaba en Educación a una persona capaz de sentarse en una mesa difícil, escuchar posiciones enfrentadas, conocer cómo funciona el Estado, entender una auditoría, conversar con la Contraloría, relacionarse con la Asamblea Nacional y, al mismo tiempo, mantener comunicación directa con el Palacio de Las Garzas.
Ese perfil lo tiene Ventura Vega.
El valor del mediador
Quizás esta sea una de las características de Ventura que menos se ha mencionado desde que se conoció su nombramiento.
Su verdadera fortaleza no está únicamente en la cantidad impresionante de cargos que aparecen en su hoja de vida.
Está en los lugares donde ha estado sentado.
Ventura ha tenido que convivir durante décadas con políticos, empresarios, funcionarios, organismos fiscalizadores, juntas directivas y diferentes administraciones gubernamentales. Ha sido secretario general de la Contraloría, asesor presidencial, enlace de la Presidencia ante el Órgano Legislativo, viceministro encargado de Seguridad, director de la ATTT, tesorero municipal, viceministro de Comercio y responsable de Administración y Finanzas en diferentes ministerios.
Eso enseña algo que ninguna universidad entrega como diploma: saber negociar con seres humanos.
Y MEDUCA necesita exactamente eso.
Porque Educación no se gobierna solamente desde un escritorio.
Hay que dialogar con maestros.
Hay que escuchar a los gremios.
Hay que entender a los padres de familia.
Hay que atender a estudiantes.
Hay que conversar con proveedores.
Hay que coordinar con la Contraloría.
Hay que responder ante la Asamblea.
Hay que ejecutar presupuestos.
Y, sobre todo, hay que tener suficiente carácter para decir algunas veces sí y muchas otras veces no.
La propia Presidencia presentó como uno de los ejes iniciales de Vega una política de puertas abiertas y diálogo con docentes, padres de familia, estudiantes, gremios, empresa privada y organismos internacionales, además de recorrer las 16 regiones educativas del país.
Eso no parece casualidad.
Mulino colocó un negociador donde hoy necesita negociación.
No olvidemos que Ventura también es maestro
Hay otra parte de su historia que me parece profundamente humana.
En medio de tantos cargos financieros, administrativos y políticos, muchas personas olvidaron que Ventura Vega comenzó siendo maestro.
Se graduó como Maestro de Enseñanza Primaria en la histórica Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena de Santiago, y posteriormente complementó esa formación con estudios en Banca y Finanzas. Su propia hoja de vida refleja precisamente esa combinación entre educación y administración.
Esto tiene un enorme significado.
Porque quizás Ventura Vega no llegue al MEDUCA como el clásico académico que ha dedicado toda su vida profesional a elaborar políticas educativas, pero tampoco llega como un extraño absoluto al significado de enseñar.
Sabe lo que representa ser maestro.
Y ahora, a los 71 años, el destino profesional parece cerrarle un círculo: aquel joven formado para enseñar termina recibiendo la responsabilidad de conducir la educación pública de todo un país.
Hay algo simbólico y poderoso en eso.
Lealtad no puede significar complacencia
Ahora bien, la amistad y la lealtad tienen también otra cara.
Mulino no necesita que Ventura sea leal ocultando problemas.
Necesita exactamente lo contrario.
Necesita que sea tan leal al Presidente que tenga el valor de decirle la verdad.
Si encuentra irregularidades, deberá señalarlas.
Si existen procesos que deben detenerse, tendrá que detenerlos.
Si encuentra buenos proyectos, deberá continuarlos independientemente de quién los inició.
Si alguien actuó correctamente, deberá defenderlo.
Y si alguien actuó incorrectamente, tendrá que permitir que las instituciones correspondientes hagan su trabajo.
Esa será la verdadera prueba de la amistad.
Porque el amigo útil en la función pública no es aquel que dice a todo que sí.
El amigo verdaderamente leal es aquel capaz de entrar a una oficina complicada, abrir las ventanas, revisar las cuentas, llamar a quienes tenga que llamar y decirle después al Presidente:
“Esto es lo que realmente encontré”.
Ventura conoce lo que significa ser señalado
Hay otro elemento de su vida que probablemente también influya en su manera de enfrentar esta nueva responsabilidad.
Ventura Vega sabe perfectamente lo que significa estar bajo el escrutinio público.
Su nombre estuvo incorporado al conocido proceso relacionado con las compensaciones de los llamados “diablos rojos” durante su paso por la ATTT. Pero la historia completa debe contarse: la Fiscalía Anticorrupción terminó solicitando su absolución y, posteriormente, el tribunal absolvió a Vega y a los demás procesados, al no acreditarse una concertación dolosa para defraudar al Estado.
Ese antecedente puede incluso ofrecerle una perspectiva particular frente a lo que hoy sucede en MEDUCA.
Conoce la diferencia entre ser señalado y ser condenado.
Conoce el peso de una investigación.
Y debería conocer también la importancia de que todo proceso administrativo tenga controles suficientes para evitar que años después un funcionario tenga que explicar decisiones que pudieron documentarse correctamente desde el principio.
Mulino escogió experiencia antes que improvisación
Ventura Vega ha pasado buena parte de su vida dentro del Estado panameño.
Ha participado en juntas directivas de instituciones tan distintas como Tocumen, ENA, EGESA, ATTT, MERCA, Zona Libre de Colón, Caja de Seguro Social y el Instituto Conmemorativo Gorgas, además de una extensa participación histórica en otras entidades públicas.
Se podrá coincidir o no con cada etapa de su trayectoria.
Pero sería difícil sostener que desconoce cómo funciona el Estado.
Y posiblemente eso fue lo que Mulino puso en la balanza.
En un ministerio tranquilo, quizás el Presidente habría podido apostar por otro tipo de perfil.
Pero este no es un MEDUCA tranquilo.
Es un MEDUCA que recibe a su nuevo ministro mientras la Contraloría revisa una compra de 54,000 computadoras para docentes por $26.6 millones, mientras el Ministerio Público realiza diligencias preliminares y mientras permanece pendiente otro enorme proyecto tecnológico para dotar de equipos a estudiantes.
Aquí no solamente se necesita pedagogía.
Se necesita administración.
Se necesita transparencia.
Se necesita calle política.
Se necesita capacidad negociadora.
Se necesita autoridad.
Y se necesita alguien que pueda llamar directamente al Presidente cuando las circunstancias lo exijan.
Ahora comienza la verdadera prueba
Mulino ya hizo su apuesta.
Apostó por un hombre conocido.
Apostó por experiencia.
Apostó por capacidad administrativa.
Apostó por un mediador.
Y, sobre todo, apostó por la lealtad de alguien que durante años ha formado parte de su entorno de confianza.
Ahora le corresponde a Ventura demostrar que esa lealtad puede transformarse en resultados para Panamá.
Su primera obligación será recuperar confianza.
La segunda, permitir que todo lo relacionado con los cuestionamientos actuales se investigue hasta sus últimas consecuencias, sin interferencias y sin prejuicios.
La tercera será sentar en una misma mesa a actores que históricamente parecieran hablar idiomas diferentes.
Y la cuarta, quizá la más importante, será recordar todos los días que detrás de cada número del presupuesto, detrás de cada computadora, detrás de cada escuela deteriorada y detrás de cada conflicto gremial existe un niño esperando recibir una mejor educación.
Ventura Vega no llega al MEDUCA simplemente para administrar un ministerio.
Llega para administrar una crisis de confianza y una oportunidad de transformación.
Y quizás allí se encuentre el verdadero significado del movimiento realizado por José Raúl Mulino.
Un Presidente puede nombrar a muchos funcionarios.
Pero cuando las circunstancias se complican, normalmente busca a aquellos en quienes confía.
Mulino buscó a Ventura.
Ahora Ventura deberá responderle no solamente al amigo que depositó su confianza en él.
Deberá responderle a Panamá.
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