Por Aldo López Tirone
Hay momentos en todo gobierno en que gobernar deja de ser únicamente administrar, inaugurar obras, resolver crisis o ejecutar políticas públicas. Llega una etapa mucho más compleja: administrar el poder, las lealtades, las ambiciones y las traiciones.
José Raúl Mulino entra precisamente en esa etapa.
El tercer año de un gobierno suele ser particularmente revelador. Ya pasó la emoción del triunfo electoral, desaparecieron muchos de los aplausos iniciales y comienza a sentirse una realidad inevitable: algunos empiezan a pensar menos en el proyecto colectivo y más en su propio futuro político.
Y allí comienzan las llamadas traiciones de Palacio.
No necesariamente son conspiraciones cinematográficas. A veces aparecen como filtraciones, agendas personales, silencios convenientes, funcionarios que comienzan a construir proyectos propios, aliados que toman distancia o personajes que ayer defendían al Presidente y mañana descubren que tienen aspiraciones diferentes.
Eso ha ocurrido durante siglos.
Nicolás Maquiavelo entendió perfectamente esa naturaleza del poder. En El Príncipe advertía sobre la importancia de saber escoger a quienes rodean al gobernante. Para Maquiavelo, incluso la percepción sobre la inteligencia de un príncipe dependía en buena medida de la calidad y fidelidad de sus colaboradores.
Y en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio fue todavía más directo: las conspiraciones representan uno de los peligros permanentes del ejercicio del poder, precisamente porque muchas veces nacen entre personas que tienen cercanía y acceso al gobernante
Por eso Mulino no debería sorprenderse si comienzan a aparecer movimientos dentro de su propio entorno.
Sería extraño que no ocurrieran.
Cuando un gobierno entra en su tercer año también comienza silenciosamente otra carrera: la sucesión.
Algunos empiezan a calcular dónde estarán en 2029. Otros intentarán posicionarse como herederos. Algunos buscarán proteger intereses propios. Y habrá quienes crean que debilitando a quienes tienen al lado podrán crecer políticamente.
Eso es Palacio.
Eso es poder.
Y precisamente allí se separa el Estadista del principiante.
El principiante reacciona emocionalmente ante cada traición. Persigue fantasmas, rompe alianzas precipitadamente y termina gobernando desde la desconfianza.
El estadista observa.
Escucha.
Evalúa.
Identifica quién trabaja por el país, quién trabaja por el Presidente y quién simplemente trabaja para sí mismo.
Maquiavelo también advertía contra otro peligro igualmente grave: los aduladores. Recomendaba al gobernante rodearse de personas capaces de decirle la verdad, escuchar sus opiniones y después tomar personalmente la decisión final.
Ese quizás sea uno de los mayores desafíos que tendrá Mulino durante los próximos meses.
No convertir Palacio en una corte de aduladores, pero tampoco permitir que las ambiciones particulares secuestren el rumbo del Gobierno.
Porque Panamá todavía tiene demasiados problemas importantes por resolver como para que el Gobierno pierda energía peleando guerras internas.
Las carreteras, la salud, el empleo, la educación, la seguridad, la inversión y la modernización del Estado deben continuar siendo la prioridad.
Las conspiraciones pasan.
Los funcionarios pasan.
Los aliados pasan.
Pero las obras y las decisiones que transforman un país permanecen.
José Raúl Mulino tiene experiencia política suficiente para comprenderlo. Ha vivido gobiernos, crisis, persecuciones, victorias y derrotas. No llegó al Palacio de las Garzas como un improvisado.
Precisamente por eso esta etapa puede convertirse en una de las pruebas más importantes de su Presidencia.
No se trata de descubrir quién lo quiere más.
Se trata de descubrir quién sirve mejor al país.
Y cuando llegue una traición —porque en política tarde o temprano llega— no debería responder con rabia, sino con inteligencia.
Separar sin destruir.
Corregir sin paralizar.
Cambiar piezas cuando sea necesario.
Escuchar mucho.
Hablar menos.
Y continuar gobernando.
Porque en los primeros años cualquiera puede gobernar rodeado de aplausos.
Es cuando comienzan las traiciones, las ambiciones y las conspiraciones de Palacio cuando descubrimos quién simplemente llegó a Presidente y quién realmente tiene madera de Estadista.
Y creo que precisamente allí José Raúl Mulino tendrá la oportunidad de demostrarlo.
Aldo López Tirone
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