Por Aldo López Tirone
Hay historias que uno no cuenta cuando suceden.
No porque no duelan, sino precisamente porque duelen demasiado.
Hay tragedias que no pasan. Se quedan viviendo dentro de uno. Se sientan a la mesa con nosotros. Nos acompañan al café. Nos miran desde los recuerdos. Nos aprietan la garganta cuando creemos que ya todo fue superado.
Hoy, 33 años después, siento que llegó el momento de contar esta historia.
No como un observador.
No como un periodista.
No como alguien que lo leyó en un expediente o lo vio por televisión.
La cuento como alguien a quien le arrebataron parte de su mundo.
Porque cuando explotó el avión de Alas Chiricanas, no murieron cifras.
Murieron 20 personas.
Y 17 de ellas eran panameños.
Panameños con nombre, apellido, familia, sueños, negocios, futuro.
Panameños hijos de esta tierra.
Y entre ellos, iban amigos míos. Gente cercana. Gente querida. Gente que formaba parte de mi vida.
Por eso, cada vez que escucho a algún ignorante decir:
“¿Y por qué Panamá se mete en problemas del Medio Oriente?”
la sangre me hierve.
Porque aquí no estamos hablando de una guerra lejana.
No estamos hablando de algo ajeno.
No estamos hablando de un conflicto que solo ocurría “allá”, en otra parte del mundo, en otro idioma, en otra cultura.
No.
El terrorismo también nos tocó a nosotros.
Nos tocó aquí. En Panamá.
Nos tocó en nuestra gente, en nuestros cielos, en nuestra paz, en nuestra inocencia como sociedad.
Hace 33 años, el terror tuvo nombre, tuvo estrategia, tuvo complicidad y tuvo víctimas panameñas. Hace 33 años, Hezbolá mostró su rostro en Panamá. No como una idea abstracta. No como una consigna extranjera. No como un enemigo imaginario. Lo mostró con sangre, con fuego y con muerte.
Y por eso hoy, cuando Panamá recibe al presunto autor intelectual de ese crimen, no estamos frente a una noticia cualquiera. Estamos frente a una página dolorosa de nuestra historia que vuelve a abrirse para recordarnos que el mal sí estuvo aquí, que sí convivió entre nosotros, y que sí nos dejó cicatrices que nunca desaparecieron.
Yo tenía 25 años.
A esa edad uno se siente invencible. Cree que la vida apenas comienza, que el futuro está intacto y que los amigos estarán ahí para siempre. Pero hay hechos que te arrancan de golpe la ingenuidad. Y aquel atentado nos la arrancó a todos.
Pocos saben cuánto me marcó aquella tragedia, porque en ese avión no iba gente distante para mí.
Iba, por ejemplo, Mauricio Harruch, mi amigo.
Mauricio era tres o cuatro años mayor que yo. Era parte de ese mundo cercano de amistades y relaciones que uno construye en la juventud sin imaginar que un día tendrá que recordarlas con dolor. Mi primer carro me lo vendió él cuando yo tenía 16 años. Así de cerca estuvo en momentos importantes de mi vida. No era un nombre más. No era una referencia social. Era un amigo. Uno de esos amigos que forman parte de tus primeros capítulos, de tus primeras conquistas, de tus primeras memorias de adultez.
Y cuando asesinan a un amigo, no solo matan a una persona.
También matan una parte de tu historia.
Pero si hay un nombre que ocupa el centro emocional de este relato, ese es Emanuel Attie.
Porque Emanuel no fue solo una víctima de aquel atentado. Emanuel fue el hombre que creyó en mí cuando yo apenas comenzaba. Fue el papá de mi amigo Roberto, sí. Pero también fue mucho más que eso en mi vida: fue una mano extendida, un voto de confianza, una puerta abierta cuando apenas empezaba a tocar la vida con ambición, con ganas, con hambre de salir adelante.
Yo tenía 25 años cuando ocurrió la tragedia, pero años antes ya Emanuel había sido determinante en mi camino. Fue él quien me financió mi primer negocio, mi primera tienda de ropa: ANYWAY, en plena Vía España. Y eso no se olvida jamás. Porque una cosa es que alguien te dé dinero; otra muy distinta es que alguien crea en ti. Que apueste por ti. Que vea en ti una posibilidad antes de que el mundo termine de verte.
Eso fue Emanuel para mí.
Y por eso esta historia no es solo la historia de un atentado terrorista.
También es la historia de una deuda emocional.
De una gratitud que sobrevivió a la muerte.
De una memoria que no ha querido callarse.
Hoy, 33 años después, sigo tomándome un café una vez al mes con Roberto, su hijo. Y en cada café, de alguna manera, también está Emanuel. Porque hay personas cuyo paso por la vida deja una huella tan profunda, que ni siquiera la muerte logra borrar su presencia.
Eso hace todavía más desgarrador lo ocurrido.
Porque detrás de cada víctima hubo una silla vacía.
Un negocio que no volvió a ser igual.
Una familia partida.
Un hijo esperando.
Un amigo incrédulo.
Una conversación interrumpida para siempre.
Y Panamá, como país, tampoco volvió a ser igual.
La explosión del avión de Alas Chiricanas no fue únicamente un crimen atroz. Fue una advertencia brutal. Nos obligó a entender que el terrorismo no siempre llega uniformado, ni gritando consignas, ni anunciándose con anticipación. A veces se infiltra. A veces sonríe. A veces comparte los mismos espacios que nosotros, va a nuestras fiestas, entra a nuestros negocios, parece convivir en paz… hasta que un día despierta para matar.
Ese es el verdadero rostro del terror.
Por eso me molesta tanto cuando algunos, desde la ignorancia o la comodidad, hablan como si esto no tuviera nada que ver con Panamá. Sí tuvo que ver con Panamá. Y mucho. Porque aquí operaron células. Aquí hubo daño. Aquí hubo luto. Aquí se quebró la confianza de una sociedad que se creía lejana de esas barbaridades.
Hezbolá tiene rostro.
No es una palabra etérea suspendida en Medio Oriente.
No es una teoría.
No es una exageración.
No es propaganda.
Es una realidad que en Panamá dejó muertos, dejó familias destruidas y dejó un trauma del que se ha hablado menos de lo que se debería.
Durante demasiado tiempo, esta historia ha vivido entre el dolor privado de quienes perdieron a alguien y el olvido público de quienes siguieron adelante sin mirar atrás. Pero hay heridas nacionales que no deben archivarse. Porque cuando un país olvida a sus víctimas, se vuelve más vulnerable. Cuando un país relativiza el terror, se vuelve más débil. Y cuando un país decide no nombrar a sus verdugos, corre el riesgo de volver a encontrárselos.
Hoy no hablo desde el odio.
Hablo desde la memoria.
Y también desde la justicia.
Porque hay días en que uno siente que Dios tarda, pero no olvida.
Y hoy, viendo cómo finalmente uno de los nombres ligados a esta tragedia es traído a Panamá, no puedo evitar pensarlo así: Dios te hizo justicia.
No una justicia perfecta, porque nada devuelve a los muertos.
No una justicia completa, porque 33 años son demasiado tiempo.
No una justicia capaz de reparar las lágrimas de las madres, los hijos, los amigos y los hermanos.
Pero sí una justicia que al menos le dice a la historia que no todo quedó impune.
Que no todo se enterró.
Que no todo se olvidó.
Hoy Panamá tiene la oportunidad de cerrar un capítulo, pero no de borrarlo.
Y esa diferencia es fundamental.
Cerrar un capítulo es mirar el dolor de frente, llamar las cosas por su nombre y honrar a quienes ya no están.
Borrarlo sería traicionarlos.
Yo no quiero que esta historia se borre.
Quiero que se recuerde.
Quiero que las nuevas generaciones sepan que aquí también hubo terrorismo.
Que aquí también hubo infiltración.
Que aquí también hubo una masacre cobarde.
Y que entre los muertos hubo panameños inocentes, amigos nuestros, hombres de familia, gente buena.
Quiero que se recuerde a Mauricio.
Quiero que se recuerde a Emanuel Attie.
Quiero que se recuerde a esas 20 víctimas.
Quiero que se sepa que detrás del expediente hubo vidas, afectos, proyectos y amores.
Y quiero también que Panamá se mantenga despierta.
Que valore a sus aliados.
Que entienda quiénes realmente han estado de nuestro lado en la defensa de la democracia, de la seguridad y de la vida.
Que no caiga en romanticismos ideológicos ni en cegueras peligrosas.
Que no confunda prudencia con ingenuidad.
Que no espere otra tragedia para reaccionar.
Porque ya pagamos un precio demasiado alto.
Treinta y tres años esperé para contar esta historia.
Treinta y tres años cargando nombres, imágenes y silencios.
Treinta y tres años viendo cómo el tiempo pasaba, pero el dolor seguía encontrando la forma de regresar.
Hoy la cuento por mis amigos.
La cuento por Mauricio.
La cuento por Emanuel Attie.
La cuento por Roberto.
La cuento por los 17 panameños asesinados.
La cuento por las 20 víctimas.
La cuento por Panamá.
Y la cuento porque hay memorias que no deben quedarse calladas nunca más.
Panamá Noticias Network Panamá Noticias Network, Tu Portal con las Mejores Noticias de Panamá y el Mundo.
