Panamá vuelve a enfrentarse a una vieja tentación disfrazada de derecho: la reelección en cargos que, por su propia naturaleza, deben estar blindados contra el continuismo. No es un debate nuevo, pero sí uno peligrosamente recurrente, especialmente cuando quienes lo impulsan parecen olvidar —o prefieren ignorar— las señales claras que ya ha dado el país.
El fallido intento de reelección del Defensor del Pueblo, Eduardo Leblanc, dejó una lección evidente: las instituciones no son feudos personales. La resistencia a su continuidad no fue un capricho político, sino una respuesta al desgaste natural de un cargo que exige renovación, independencia y credibilidad. Aun así, el mensaje no parece haber calado lo suficiente.
Poco después, vimos otro episodio similar con el magistrado Alfredo Juncá en el Tribunal Electoral. Su aspiración de mantenerse en el cargo también encontró límites. Y no por falta de influencia o conexiones, sino porque en Panamá empieza a consolidarse una conciencia institucional: los cargos no son eternos, ni deben serlo.
Ahora, en un giro que raya en la terquedad política, el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Herrera, parece dispuesto a intentar lo que otros ya no pudieron. ¿En qué se basa esta convicción? ¿En qué momento se perdió la noción de que el poder es transitorio?
La reelección en cargos de esta naturaleza no solo es inconveniente, es peligrosa. Abre la puerta a la concentración de poder, erosiona la confianza ciudadana y debilita los mecanismos de control democrático. Cuando un funcionario comienza a ver su cargo como una extensión de su identidad, deja de servir al país y empieza a servirse de él.
El problema de fondo no es jurídico, es ético. Es la incapacidad de entender que liderar también implica saber cuándo retirarse. Es el espejismo del poder perpetuo, ese que embrutece, que distorsiona la realidad y que hace creer a algunos que son imprescindibles.
Jorge Herrera debería observar con detenimiento lo ocurrido con Leblanc y Juncá. No como casos aislados, sino como síntomas de un cambio en la percepción ciudadana. Panamá está cansado de los mismos nombres, de las mismas caras, de los mismos intentos de perpetuarse en posiciones que deberían renovarse por salud democrática.
La Asamblea Nacional, más que ningún otro órgano, debería dar ejemplo. Promover la alternancia, fortalecer la institucionalidad y enviar un mensaje claro: aquí no hay espacio para la reelección disfrazada de continuidad.
Insistir en lo contrario no solo es un error político. Es una falta de respeto a la inteligencia de un país que ya empezó a despertar.
Porque si algo ha quedado claro en estos últimos intentos fallidos, es que el poder, cuando se prolonga más de la cuenta, no solo corrompe… también embrutece.
Panamá Noticias Network Panamá Noticias Network, Tu Portal con las Mejores Noticias de Panamá y el Mundo.
