En política, el poder no siempre se ejerce desde un cargo público. A veces se manifiesta desde el entorno, desde la cercanía, desde los silencios y desde los círculos más íntimos del poder. Y cuando los reflectores apuntan a un alto funcionario del Estado, inevitablemente también iluminan a quienes caminan a su lado.
En medio de los señalamientos públicos y mediáticos sobre un presunto enriquecimiento injustificado del exvicepresidente Gaby Carrizo, una figura ha permanecido fuera del foco directo, pero no fuera del debate ciudadano: Julieta Spiegel de Carrizo, su esposa.
No se trata de acusaciones. No se trata de imputaciones. Tampoco de procesos judiciales en su contra. Se trata, simplemente, de preguntas legítimas que surgen cuando el poder y el patrimonio crecen de manera acelerada bajo una administración que prometió transparencia.
¿Puede una esposa no saber?
Es la pregunta que se repite en la calle, en redes sociales y en conversaciones privadas. No como sentencia, sino como duda razonable en un país golpeado por escándalos de corrupción donde, históricamente, los entornos familiares han jugado roles clave en la administración de bienes, empresas y estructuras patrimoniales.
Julieta Spiegel de Carrizo ha sido vista durante años como una figura discreta, alejada del protagonismo político. Sin embargo, esa misma discreción hoy despierta interrogantes:
- ¿Participó en la administración de bienes familiares?
- ¿Tuvo conocimiento del crecimiento patrimonial del exvicepresidente?
- ¿Formó parte, directa o indirectamente, de decisiones financieras relevantes?
Preguntas que, insistimos, no implican culpabilidad, pero que sí exigen respuestas cuando se habla de transparencia pública.
El precedente que incomoda
Panamá no es ajeno a historias donde esposas, familiares o testaferros terminaron siendo piezas clave en tramas de corrupción que inicialmente parecían individuales. La memoria colectiva pesa, y por eso el escrutinio ciudadano se ha vuelto más severo, más desconfiado y menos ingenuo.
En ese contexto, el silencio deja de ser neutral.
Primera dama sin despacho, pero no sin influencia
Aunque Julieta Spiegel nunca ocupó un rol institucional formal como primera dama, su cercanía con uno de los hombres más poderosos del país durante cinco años la coloca, quiera o no, dentro del radar público.
La pregunta no es si es culpable.
La pregunta es si está dispuesta a ayudar a aclarar.
Porque en tiempos donde la confianza en la política está fracturada, la transparencia no es una opción, es una obligación moral.
Cuando el apellido también pesa
El apellido Carrizo hoy no solo carga con un legado político, sino con una sombra que exige luz. Y en esa búsqueda de claridad, todas las figuras cercanas al poder deben entender que el escrutinio no es persecución, sino consecuencia.
Julieta Spiegel de Carrizo no ha sido señalada por la justicia. Pero sí ha sido alcanzada por la duda pública. Y en democracia, las dudas no se reprimen: se aclaran.
Porque cuando el dinero genera sospechas, el silencio genera desconfianza.
Y cuando hay desconfianza, la verdad —tarde o temprano— termina saliendo a flote.
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