Presidente José Raúl Mulino y la Primera Dama

Mulino no viaja con manzanillos, viaja con su esposa como debe ser… y además ella va a trabajar

En Panamá parece haberse abierto un debate curioso: ¿por qué la esposa del presidente acompaña a su marido en viajes oficiales al extranjero?

La pregunta, sinceramente, sorprende.

Porque lo extraño no sería que la esposa del presidente lo acompañe. Lo extraño sería exactamente lo contrario: que el presidente de un país, siendo un hombre casado, participara constantemente en actos oficiales internacionales sin la compañía de su pareja de vida.

Quienes han seguido la historia de la diplomacia mundial saben que la figura de la primera dama no es decorativa ni improvisada. En la mayoría de los países cumple un rol claro: acompañar, representar, abrir espacios de trabajo social, fortalecer relaciones institucionales y participar en agendas paralelas vinculadas con temas humanitarios, culturales y de desarrollo.

Es decir, no es turismo. Es trabajo.

Y además hay algo aún más profundo.

Cuando los ciudadanos elegimos a un presidente casado, también sabemos que ese líder tiene una familia y una compañera de vida. Durante las campañas electorales vemos a esa pareja acompañarlo, apoyarlo, caminar a su lado y formar parte de ese proceso que finalmente lo lleva a gobernar.

No es algo nuevo. Ha ocurrido en casi todos los gobiernos del mundo.

Por eso resulta curioso que ahora algunos pretendan convertir en polémica lo que en realidad es algo natural, institucional y hasta saludable para la sociedad.

La familia sigue siendo el núcleo fundamental de cualquier país. Y en tiempos donde tantas cosas parecen fragmentarse —la confianza, la política, incluso los valores— no debería sorprender que un presidente quiera compartir parte de su vida pública con la persona que eligió para compartir su vida privada.

José Raúl Mulino no viaja con manzanillos.

Viaja con su esposa.

Y eso no solo es normal: es correcto.

Pero además, en este caso, la primera dama no está viajando como acompañante pasiva. Está desarrollando una agenda de trabajo propia, vinculada a causas sociales y a iniciativas que pueden traer beneficios concretos para Panamá.

En muchas ocasiones, las primeras damas abren puertas que la política tradicional no logra abrir: programas de cooperación, proyectos sociales, alianzas internacionales en temas de salud, infancia, educación o asistencia comunitaria.

Ese trabajo, muchas veces silencioso, termina impactando directamente a miles de ciudadanos.

Por eso, antes de criticar que la esposa del presidente viaje con él, quizá valga la pena recordar algo simple:

Un país que respeta la familia, respeta también que quienes lo gobiernan no caminen solos.

Porque gobernar un país es una responsabilidad enorme.

Y recorrer ese camino acompañado por la persona que comparte la vida contigo no debería ser motivo de sospecha, sino una señal de humanidad.

Al final del día, la política necesita más valores.

Y entre ellos, la familia sigue siendo uno de los más importantes.

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