Por Aldo López Tirone | Panamá Noticias Network
Cuba vive hoy un momento de inflexión histórica. Lo que durante décadas fue una potencia de propaganda ideológica, hoy se ve reducido a un país sin energía, sin aliadas fuertes, y acosado por una crisis económica que pone en tela de juicio la supervivencia misma de su modelo político.
La crisis energética que atraviesa la isla no es nueva, pero se ha agudizado de manera dramática en los últimos meses. Las importaciones de petróleo se han desplomado—cayendo aproximadamente 35 % en 2025 con respecto al año anterior—dejando a Cuba sin la capacidad de alimentar sus plantas energéticas ni satisfacer las necesidades básicas de su población. Sin combustible no hay electricidad, y sin electricidad las ciudades se apagan, los sistemas colapsan y la economía se paraliza.
A la espiral descendente de apagones diarios se suman los efectos de un bloqueo económico reforzado desde Washington, que ha estrangulado el acceso de Cuba a mercados, capital y transacciones internacionales. Según informes oficiales cubanos, estas políticas han provocado pérdidas multimillonarias en la economía nacional y han impedido que el país encuentre soluciones alternativas.
Y luego está el impacto geopolítico brutal de la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro. Venezuela fue durante décadas el sostén energético de Cuba, enviando miles de barriles de petróleo diarios en un esquema de apoyo estratégico. Hoy ese sostén se ha roto por completo, dejando a La Habana sin un aliado confiable que le permita cubrir siquiera una fracción de su déficit energético.
En medio de este caos, el propio Donald Trump ha señalado públicamente que Cuba “va a caer por su propia cuenta”, porque su economía está en caída libre y su modelo ya no puede sostenerse.
No son meras palabras: es un diagnóstico crudo y directo. Cuba, un régimen que durante décadas ha sobrevivido gracias a subsidios externos, hoy se encuentra sin fondos, sin petróleo y sin un proyecto económico viable. Eso no es crisis: es el principio del fin.
La narrativa oficial castrista culpa al embargo, al imperialismo y a los “enemigos exteriores”. Pero la verdad que pocos se atreven a decir en voz alta es otra: la crisis de Cuba es fundamentalmente una crisis del sistema mismo. La incapacidad de diversificar, de estimular la producción, de abrir espacios económicos reales, ha convertido ese país en una economía dependiente, frágil y a la deriva.
Las colas interminables para conseguir combustible, los cortes de electricidad de horas o incluso días, la escasez de alimentos y medicinas, y la emigración masiva de jóvenes y profesionales no son indicadores de fortaleza. Son síntomas de un régimen que ya no puede ofrecer nada a su pueblo y que hoy enfrenta, no solo sanciones externas, sino el rechazo silencioso de una ciudadanía cansada de oscuridad y frustración.
La reciente situación energética es apenas una metáfora del momento crítico: cuando un país no puede mantener las luces encendidas, tampoco puede sostener una narrativa de poder. Hoy Cuba huele a libertad no porque sea fácil, sino porque el régimen que la negó durante décadas se queda sin camino, sin apoyos y sin gasolina para seguir adelante.
Y mientras otros observan desde el costado, el pueblo cubano —que ha soportado apagones, escasez y controles exhaustivos— está empezando a comprender que la verdadera liberación no vendrá de discursos, sino de cambios reales, de reformas profundas y de una apertura que ponga al ser humano por encima del dogma político.
Cuba ya no tiene petróleo.
No tiene un aliado económico fuerte.
Y está cada vez más aislada.
Lo que sí comienza a tener, aunque de manera embrionaria y dolorosa, es la posibilidad de un futuro diferente:
uno donde la libertad ya no sea solo una palabra prohibida, sino una realidad por la cual se puede luchar.
Y cuando un pueblo cansado de la penumbra se enfrenta a su propia historia, la caída de lo viejo puede ser el nacimiento de lo nuevo.
Cuba huele a libertad…
y el mundo debe estar atento.
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