Cada vez que se menciona a Cuba, la izquierda internacional activa el mismo libreto: “el bloqueo”, “las sanciones”, “la agresión imperial”. Lo repiten como consigna, como si fuera la única causa de la tragedia que vive el pueblo cubano.
Pero callan.
Callan ante la falta de libertades.
Callan ante la persecución sistemática a opositores.
Callan ante la inexistencia de elecciones libres.
Callan ante el control absoluto del Estado sobre la economía.
La convocatoria reciente celebrada por organizaciones afines al castrismo insiste en culpar exclusivamente a las sanciones externas. Sin embargo, no incluyen en su discurso el modelo fracasado que durante más de seis décadas ha destruido la iniciativa privada, ha reprimido el pensamiento crítico y ha obligado a millones de cubanos a emigrar.
La pregunta es incómoda, pero necesaria:
¿Es el embargo el responsable de que en Cuba no haya partidos políticos libres?
¿Es el embargo el que encarcela a quienes protestan?
¿Es el embargo el que impide que un ciudadano pueda emprender sin el permiso del Estado?
No.
El problema de Cuba no es solo económico; es estructural, político y moral.
Esta flotilla internacional que pretende impulsar la izquierda aliada al castrismo no es neutral. Legitima a un gobierno que impide elecciones libres y criminaliza la disidencia. No es solidaridad con el pueblo cubano, es respaldo indirecto a una cúpula que ha concentrado el poder sin permitir alternancia democrática.
Defender el bloque americano no es un acto de agresión; es una herramienta de presión política frente a un régimen que no ha mostrado voluntad real de apertura. Las sanciones no son el origen del sistema autoritario, son la consecuencia de él.
Durante décadas se ha intentado el diálogo, la flexibilización, el acercamiento. ¿Qué cambió? ¿Dónde están las reformas estructurales profundas? ¿Dónde está la libertad de prensa plena? ¿Dónde está la separación real de poderes?
Quienes hoy critican el bloqueo deberían explicar por qué nunca exigen al régimen reformas democráticas claras y verificables.
No se trata de castigar a un pueblo. Se trata de no legitimar una estructura que ha llevado al país a la crisis más profunda de su historia.
Una Cuba libre y capitalista podría convertirse en una potencia turística del Caribe, en un hub portuario estratégico, en un destino de inversión global. Podría desarrollar su minería, modernizar su infraestructura, recuperar su agroindustria y generar bienestar social real. Pero eso solo será posible con libertad económica y libertad política.
El verdadero acto de solidaridad con el pueblo cubano no es pedir que se levanten todas las presiones sin condiciones. El verdadero acto de solidaridad es exigir democracia, elecciones libres, respeto a los derechos humanos y apertura económica.
La izquierda del mundo se queja del bloqueo.
Pero guarda silencio frente al régimen opresor.
Y ese silencio también es complicidad.
— Aldo López Tirone
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