Abusos y gestión institucional de denuncias en la Arquidiócesis de Panamá, por Aldo López Tirone

Abusos Bajo La Sotana, inocencias perdidas y rosarios rotos: Bajo el Cristo de Palo en La Pared

Por Aldo López Tirone

Hay noticias que uno lee. Hay otras que uno quisiera no haber leído jamás.

Porque detrás de cada expediente sobre abuso sexual no existe simplemente un número, una denuncia o una estadística. Existe una persona. En algunos casos, un niño. Una infancia atravesada por algo que jamás debió ocurrir. Una confianza destruida precisamente allí donde se suponía que debía existir refugio.

El informe presentado sobre casos registrados durante 25 años en la Arquidiócesis de Panamá habla de 37 denuncias documentadas. Dentro de los 24 expedientes examinados para valorar la actuación institucional, nueve involucraron al menos a un menor de edad. Y hay una cifra que me resulta particularmente dolorosa: solamente dos expedientes contienen una decisión final escrita documentada.

No voy a dictar sentencias desde una columna. Para eso existen las autoridades y los procedimientos correspondientes.

Pero tampoco voy a escribir estas líneas con anestesia.

Porque cuando una víctima llega buscando auxilio, la primera obligación moral no puede ser proteger paredes, sotanas, reputaciones ni estructuras. Tiene que ser escuchar al que sufrió.

Y el informe deja una imagen difícil de aceptar: en los expedientes revisados aparece documentada la entrevista al acusado con mucha mayor frecuencia que la entrevista a la víctima. Tampoco consta, en esos 24 casos, una evaluación formal del daño sufrido acompañada de una reparación derivada de ella.

Eso duele.

Duele imaginar el silencio después del abuso.

Duele pensar en el miedo.

Duele imaginar a alguien entrando a una iglesia buscando a Dios mientras por dentro cargaba preguntas que ningún niño debería aprender a formular.

Yo crecí entendiendo que debajo de un crucifijo estaba el lugar del perdón, del consuelo y de la esperanza.

Por eso esta historia me golpea.

Porque cuando falla un hombre, responderá ese hombre. Pero cuando falla un sistema para escuchar, acompañar y documentar adecuadamente, la herida se vuelve más profunda.

Quedan rosarios rotos.

Quedan oraciones interrumpidas.

Quedan adultos tratando de reconstruir al niño que alguna vez fueron.

Y queda un Cristo de palo colgado en la pared, mirando en silencio.

Quizás esperando que esta vez, finalmente, nadie vuelva a mirar hacia otro lado.

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