Cientos de manifestantes en las calles

Irán: Activistas denuncian ola de confesiones forzadas

La situación de los derechos humanos en Irán ha entrado en una fase crítica tras la denuncia de tácticas de coacción masiva contra manifestantes. Organizaciones internacionales y activistas alertan sobre una campaña de propaganda sin precedentes donde la televisión estatal se ha convertido en el escenario principal de confesiones obtenidas bajo tortura. Según la Human Rights Activists News Agency (HRANA), se han documentado al menos 240 casos de detenidos obligados a admitir delitos que, en muchos casos, jamás cometieron.

El mecanismo de las confesiones forzadas en Irán

Este patrón de represión en Irán no es nuevo, pero su escala actual carece de comparativa histórica. Los detenidos son presentados ante las cámaras tras sufrir tortura física y psicológica, obligados a repetir guiones que los vinculan con potencias extranjeras, espionaje o actos de violencia contra las fuerzas de seguridad. El relator especial de la ONU, Mai Sato, ha señalado que estas «confesiones falsas» tienen como único fin reforzar la narrativa gubernamental que etiqueta a los ciudadanos descontentos como criminales peligrosos o agentes de influencia externa de países como Estados Unidos e Israel.

Cifras de una represión sangrienta en el país

El balance humano de las movilizaciones es devastador. HRANA confirma que la represión en Irán ha dejado un saldo de 6,126 muertos, entre ellos 86 menores de edad. La cifra de detenidos supera los 41,800, creando un sistema judicial colapsado donde las garantías procesales son inexistentes. Casos como el de Shervin Bagherian, de tan solo 18 años, ejemplifican el terror: jóvenes interrogados en televisión nacional bajo la amenaza inminente de la pena capital por participar en actos de disidencia pacífica.

El objetivo: Humillar y disuadir a la disidencia

Para expertos como Roya Boroumand, directora del Centro Abdorrahman Boroumand, estas transmisiones cumplen una función psicológica estratégica. Al forzar a los activistas a «confesar» públicamente, el régimen busca destruir su credibilidad y recordar a la población el altísimo costo de desafiar al poder teocrático. No solo los ciudadanos locales están en riesgo; ciudadanos extranjeros también han sido víctimas de este montaje mediático para justificar condenas por espionaje. La comunidad internacional observa con preocupación cómo estas grabaciones suelen ser la antesala de ejecuciones estatales, consolidando un clima de miedo que busca silenciar cualquier vestigio de protesta en las calles iraníes.

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