Niño pequeño ocultando su rostro con las manos reflejando sentimiento de vergüenza.

Vergüenza y humillación: impacto en el desarrollo infantil

La mirada del otro y el desarrollo infantil

Comprender el desarrollo infantil requiere sumergirse en los afectos que moldean la subjetividad. La vergüenza no es una emoción cualquiera; es el momento exacto en que un niño deja de ser solo lo que siente para convertirse en lo que cree que el otro ve en él. Este descentramiento, aunque necesario para la vida social, marca una vulnerabilidad profunda donde la mirada ajena puede actuar como una sentencia de indignidad.

Por qué avergonzar no es una herramienta educativa

A menudo, los adultos utilizan la humillación o la corrección pública como métodos de disciplina. Sin embargo, la clínica psicológica demuestra que avergonzar no enseña responsabilidad. Mientras que el miedo alerta y la bronca estalla, la vergüenza aplasta. Fisiológicamente, activa circuitos de estrés social que desequilibran el sistema nervioso, provocando que el niño busque desaparecer de la escena.

Sigmund Freud definía este afecto como un reproche interno por temor a que otros estén al tanto de un suceso. Cuando un adulto ridiculiza a un menor, no está educando; está fijando al niño en una posición de ignominia que puede durar toda la vida. La vergüenza no envejece; se reactualiza en la escuela, en el cuerpo y en los vínculos sociales futuros.

El riesgo de la exposición en la era digital

Hoy enfrentamos una nueva forma de violencia: la espectacularización del sufrimiento. Grabar a un niño en un momento de fragilidad para obtener clics en redes sociales es una práctica humillante. Aunque se disfrace de empatía, exponer la precariedad o el llanto de un menor lo reduce a un objeto de consumo emocional, profundizando su sentimiento de desamparo y exposición sin resguardo.

Cómo acompañar la fragilidad en el desarrollo infantil

El objetivo no es erradicar la vergüenza, pues es un afecto constitutivo del ser humano, sino evitar ‘avergonzar’. Para fomentar un desarrollo infantil saludable, los adultos debemos:

  • Validar el sentimiento: Ayudar al niño a poner en palabras lo que siente sin juzgarlo.
  • Evitar la etiqueta: Que la acción no se convierta en su identidad; un error no lo define como persona.
  • Proteger la intimidad: Las correcciones deben ser privadas y constructivas, nunca una exposición ante terceros.

Sostener estos momentos implica una responsabilidad ineludible: no convertir una situación de fragilidad pasajera en una condena subjetiva permanente.

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