Por años hemos hablado de inclusión, identidad y libertad de expresión. Pero hay una línea peligrosa entre respetar la diversidad y normalizar el absurdo. Esa línea, para muchos, ya fue cruzada.
En un mensaje frontal que ha generado debate en redes sociales, Aldo López Tirone lanzó una crítica sin filtros contra el fenómeno de los llamados Therians, personas que aseguran identificarse espiritual o psicológicamente como animales —perros, lobos, gatos u otras especies— y que incluso adoptan comportamientos asociados a ellos.
Su postura no es diplomática. Es provocadora.
“Identificarse como animal no es evolución, es el colapso mental de la abundancia”, sostiene. Y con esa frase resume una preocupación más profunda: la idea de que una generación con acceso ilimitado a información y oportunidades ha optado por refugiarse en fantasías identitarias en lugar de enfrentar la responsabilidad de crecer.
¿Qué son los Therians?
El fenómeno no es nuevo. Dentro de comunidades digitales existen grupos que se autodenominan otherkin o therians, personas que dicen experimentar una identidad interna no humana. Algunos lo viven como una conexión espiritual simbólica; otros, como una identidad literal.
En plataformas como TikTok e Instagram abundan videos de jóvenes utilizando máscaras, colas, orejas y adoptando conductas animales. Para sus defensores, se trata de expresión personal. Para sus críticos, es una manifestación de desconexión con la realidad.
La crítica: ¿libertad o evasión?
López Tirone plantea una tesis incómoda: no se trata de libertad creativa, sino de evasión.
“Como les quedó grande la tarea de ser personas, decidieron bajarse del barco y empezar a ladrar en el patio”, afirma.
La crítica apunta a algo más estructural: el exceso de comodidad. Según su análisis, en sociedades donde gran parte de las necesidades básicas están cubiertas, surgen crisis existenciales que buscan atención y validación digital.
Mientras millones luchan por sobrevivir, otros convierten la identidad en espectáculo.
No se trata —según su postura— de atacar personas, sino de cuestionar una cultura que premia la fragilidad y convierte cualquier impulso en identidad inamovible.
El problema de fondo: disciplina vs. validación
La reflexión central gira en torno al concepto de dominio propio.
En palabras del empresario:
“El valor real no está en que el mundo acepte tus fantasías, sino en que tú seas capaz de aportar algo al mundo.”
Aquí la discusión deja de ser sobre máscaras de peluche y pasa a ser sobre propósito. ¿Estamos formando generaciones con resiliencia o con necesidad constante de validación?
Para López Tirone, el peligro no es que alguien se sienta lobo, sino que la sociedad deje de exigir madurez, esfuerzo y contribución real. La crítica no es zoológica, es cultural.
¿Intolerancia o llamado a la realidad?
Habrá quienes consideren este discurso duro o incluso insensible. Sin embargo, el planteamiento abre un debate legítimo:
¿Debe todo impulso individual convertirse en norma social?
¿Existe un punto donde la aceptación irrestricta termina erosionando la responsabilidad colectiva?
El mundo real —como él lo describe— no funciona por algoritmos ni por likes. Funciona por competencia, disciplina y resultados. Y en ese escenario, la identidad no reemplaza la capacidad.
El trasfondo generacional
El auge de estas comunidades coincide con el crecimiento de entornos digitales que amplifican nichos extremos. Lo que antes era marginal hoy encuentra eco global en segundos.
Pero la pregunta que queda flotando es incómoda:
¿Estamos ante una nueva forma de expresión simbólica o ante una renuncia silenciosa a la adultez?
López Tirone lo resume sin rodeos:
“A los animales se les pone una correa. A los humanos se les da el mando.”
La frase es dura. Pero su intención es clara: defender la idea de que la dignidad humana implica responsabilidad, autocontrol y contribución.
El debate está abierto
Más allá de posturas extremas, el fenómeno Therian refleja una tensión cultural profunda: identidad versus realidad, validación versus disciplina, fantasía versus propósito.
La discusión no debería centrarse únicamente en quienes usan máscaras, sino en qué tipo de sociedad estamos construyendo.
¿Una que exija excelencia?
¿O una que celebre cualquier narrativa mientras evite confrontar el vacío?
La conversación apenas comienza. Y el zoológico digital, para bien o para mal, sigue creciendo.
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