Hay momentos en la historia de un país en los que las palabras dejan de ser suficientes y solo los hechos tienen valor. Panamá vive uno de esos momentos. Con un mensaje claro y sin rodeos, el presidente José Raúl Mulino ha marcado una línea divisoria entre la desidia de ayer y la acción de hoy. “Mejor que decir es hacer”, recordó, y esa frase resume una decisión política que trasciende discursos: terminar lo que fue abandonado y devolverle dignidad a quienes más la necesitan.
Durante 13 años, miles de pacientes oncológicos cargaron no solo con el peso de una enfermedad devastadora, sino también con la indiferencia del Estado. Hubo promesas, planos ambiciosos y anuncios grandilocuentes, pero en la realidad no hubo respuestas. Mientras los recursos públicos se diluían en despilfarros, los pacientes con cáncer esperaban. Esperaban atención, infraestructura, humanidad. Esperaban justicia.
Hoy, esa espera comienza a quedar atrás.
El Gobierno Nacional ha decidido poner orden donde reinó el abandono. Lo ha hecho entendiendo que la salud no admite excusas ni cálculos políticos. El presidente Mulino lo dejó claro: había que construir un sistema digno, con estructura, calidad y visión humana. Y para ello, no bastaba con voluntad; hacía falta planificación, responsabilidad financiera y alianzas que funcionaran.
En ese camino, el rol de la Constructora Riga Services ha sido determinante. Una empresa que no solo asumió un reto técnico, sino también un compromiso moral con el país. Bajo el liderazgo de su presidente, Ricardo Gardellini, Riga Services ha demostrado que cuando hay capacidad, seriedad y vocación, las obras avanzan. No es casualidad que el propio mandatario haya reconocido el esfuerzo adicional, la “milla extra”, de una empresa que entendió que esta obra no es un contrato más, sino una deuda histórica con Panamá.
Aquí no se trata solo de concreto y acero. Se trata de devolver esperanza. De transformar un sistema colapsado en una red que ponga al paciente en el centro. La integración entre el Ministerio de Salud, la Caja de Seguro Social y el Instituto Oncológico Nacional marca un cambio estructural profundo: dejar atrás la duplicidad, el caos administrativo y las viejas estructuras que beneficiaban a pocos mientras perjudicaban a miles.
El presidente recordó cómo, antes de llegar al poder, recorrió personalmente las instalaciones junto a la Primera Dama, Maricel Cohen de Mulino, escuchando a los pacientes cara a cara. De ese encuentro nació una convicción: aun con recursos limitados, había que cambiar la realidad. Y así se hizo. Se investigó, se analizó y se planificó desde el primer día, con una sola prioridad: el paciente primero.
Hoy, la Ciudad de la Salud y la expansión de la atención oncológica en el interior del país —Bugaba, La Chorrera y otras regiones— son prueba de una política pública que entiende que la desigualdad no se combate con discursos, sino con inversión, orden y ejecución. Menos traslados, menos gastos para las familias, más acceso y más humanidad.
La emoción de una paciente lo resume todo: “Cuando uno entra a un lugar así no piensa que se va a morir, piensa que va a vivir”. Ese es el verdadero sentido de esta obra. No la taquilla política, no el aplauso fácil, sino la tranquilidad del que lucha por su vida.
El compromiso también se refleja en los trabajadores de la construcción, en los técnicos, en los proveedores y en cada profesional de la salud que, durante años, hizo milagros en condiciones indignas. Hoy, todos forman parte de un proyecto que mira al futuro con esperanza. Un proyecto que tiene plazos, pero sobre todo tiene urgencia moral. Porque 13 años de espera son demasiado.
Este no es el cierre de una etapa; es el inicio de una reparación histórica. El Estado vuelve a mirar a los ojos a quienes nunca debió abandonar. Y lo hace con hechos, con obras y con una visión clara de país.
Obra Iniciada, Obra Terminada con Paso firme.
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