El Partido Panameñista celebró ayer 23 de noviembre su convención interna, una jornada decisiva que culminó con la elección de Jorge Herrera como nuevo presidente del colectivo. Con este triunfo, Herrera —actual figura predominante en la Asamblea Nacional— consolida su ascenso dentro del partido y asume la responsabilidad de conducirlo en un momento crucial de redefinición política.
La convención, que reunió a las bases panameñistas en un ambiente de expectativa y tensiones previas, confirmó lo que muchos anticipaban: Herrera no solo llegaba como favorito, sino que logró articular una propuesta que conectó con gran parte de la estructura tradicional del partido. Su victoria se impuso con claridad sobre sus contrincantes, dejando un mensaje inequívoco sobre hacia dónde quiere moverse el panameñismo.
Herrera ha insistido en la necesidad de “reunificar el partido”, un discurso que resonó en una colectividad fragmentada por los resultados electorales recientes y por diferencias internas acumuladas. Sin embargo, su llegada a la presidencia también revive el debate sobre si esta renovación es de fondo o solo de forma, dado que su figura —aunque proyectada como nueva fuerza interna— sigue vinculada a los liderazgos tradicionales del partido.
El reto que enfrenta ahora el Panameñismo bajo su dirección es profundo: reconstruir credibilidad, modernizar estructuras, sumar nuevas generaciones y volver a posicionarse como opción competitiva. La militancia espera señales tempranas de cambios reales, no únicamente reorganización de nombres.
La victoria de Herrera marca el fin de una intensa carrera interna, pero es apenas el inicio del verdadero desafío: convertir este impulso político en una renovación tangible capaz de devolverle vigor y relevancia al Panameñismo. El partido tiene nuevos aires, pero viejas deudas con su base… y será la gestión de Herrera la que determine si esta vez el cambio va más allá del discurso.
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